Títulos en inglés recién llegados

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Quienes solíamos ser

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Titulo: Quienes solíamos ser
Titulo original: In Searh Of
Autor: Ava Dellaira
Editorial: VRYA
Genero: Drama, realismo

Lee las primeras páginas

CAPÍTULO 1

Página 15

HOY Marilyn cumple diecisiete años. Mira fijo sus propios
ojos reflejados en la ventanilla del auto, superpuestos
sobre el hombre parado en la esquina con un letrero de
efectivo por oro, y la mujer que empuja el carrito de compras cargado
de botellas ruidosas. Pasan una estación, Arco, donde una pandilla
de muchachos con gorras de béisbol puestas al revés se lleva cigarros y
refrescos. La parte trasera de sus muslos se pega al asiento, y siente el
sudor perlando el nacimiento del cabello. Están inmersos en la típica ola
de calor que suele golpear a Los Ángeles al final del verano. Afuera debe
hacer, por lo menos, treinta y ocho grados, y el aire acondicionado del
Buick modelo 1980, cargado de cajas, no funciona.
–Solo es por un tiempo –su madre, Sylvie, continúa parloteando–.
Hasta que consigamos algo, sabes. Tienes tu cita con LA Talent en un par
de semanas.
Marilyn asiente sin voltearse hacia ella.
El último casting (en el que hubiera desempeñado el rol de uno de los
miembros de una familia de cuatro que salía a comprar una TV) fue un
verdadero desastre. Sabía lo que estaba en juego, y durante toda la mañana,
sentada junto a las otras chicas en la sala de espera, había sentido
náuseas y una opresión en el pecho. Intentó concentrarse en su libro –El
álbum blanco, de Joan Didion–, pero quedó atascada en el primer párrafo,
incapaz de concentrarse, mientras leía y releía la primera oración: Nos
contamos historias a nosotros mismos para poder vivir. Al pararse delante de
la cámara, advirtió que apenas podía respirar.
Cuando su madre la pasó a buscar, Marilyn no mencionó la sensación

Página 16

de pánico, el mareo ni la asistente del director de reparto que, mientras le alcanzaba un vaso de agua, lanzaba al director del otro lado de la sala una mirada que indicaba su desprecio. Soportó el gesto de profunda decepción de Sylvie –la tensión de sus cejas enarcadas– cuando una semana después, mientras cenaban una porción de comida congelada, se enteraban de que Marilyn había vuelto a fallar. Su madre colgó el teléfono y fijó la mirada a través de la ventana, contemplando la piscina y sus camastros de plástico, mientras Marilyn movía un trozo de brócoli marchito en su plato.
Luego de un largo instante de silencio, Sylvie se sirvió una tercera copa de vino blanco y se volvió hacia ella.
–En realidad, este lugar es un páramo. He estado pensando en que deberíamos mudarnos al norte, cerca de Hollywood, para estar más cerca de todo –dijo con alegría forzada–. Quiero decir, quién sabe, podrías cruzarte con un director de casting en el supermercado –como si no estuvieran huyendo del apartamento cuyo alquiler no habían pagado en varios meses.
Marilyn sabe que su madre la dejaría posar desnuda en una fotografía (como la chica que aparece tumbada en la cartelera de la autopista, promocionando jeans) si con eso obtuvieran el dinero para conseguir una casa recién estrenada sobre los cerros que rodean la ciudad, dominándolo todo, a donde ella cree que pertenecen. Por lo que a Sylvie se refiere, una vida nueva y mejor está a la vuelta de la esquina, y la puerta giratoria hacia el futuro, a solo un paso.
Es posible que de niña, Marilyn creyera en los sueños de su madre de vivir en un lugar mejor, pero a esta altura, ha renunciado a atravesar la puerta de sus fantasías. Se aferra al pensamiento de que solo falta un año para cumplir dieciocho, irse a la universidad y comenzar una vida propia. Ve el futuro como un pequeño diamante de luz al final del túnel; aprendió a fijar la mirada en él, a luchar por alcanzarlo, a no perderlo de vista.

Página 17

Un auto hace sonar el claxon cuando Sylvie detiene el tráfico que está detrás para girar a la izquierda en Washington Boulevard. Marilyn percibe el aspecto chamuscado de las calles; el olor a carne que sale flotando de un camión de tacos, mezclado con el ligero aroma del océano; la buganvilla colorida que trepa por una cerca de alambre.
Sylvie ignora el claxon y conduce el Buick hacia South Gramercy Place. Marilyn reconoce vagamente la calle residencial bordeada de apartamentos ruinosos. Una de las pancartas publicita un depósito reducido. Advierte un macetero rojo colgando de una ventana, una cuerda donde la ropa se agita como si fueran banderines. Un hombre se encuentra apoyado contra la pared del edificio más abajo, dando caladas a su cigarrillo.
–Marilyn, mira. Desde aquí se ve el letrero –el auto gira bruscamente en la mitad de la carretera cuando Sylvie se voltea en su asiento para señalar las letras blancas: H-O-L-L-Y-W-O-O-D en la montaña que se encuentra a la distancia, resueltamente erguidas a través de la bruma que acarrea el calor del verano.
–Ajá –Marilyn hace lo posible por ignorar el temor que crece en su pecho mientras continúan circulando calle abajo y se detienen ante el 1814 –un dúplex de dos pisos en la esquina, con un revoque rosado que se desmorona y un jardín descuidado, donde unos pocos naranjos sobreviven a pesar de todo.
La voz de Lauryn Hill asciende desde una radio en el apartamento de abajo: “How you gonna win”… Sylvie tantea debajo de la alfombrilla buscando la llave; con el calor los rizos de su cabello rubio teñido caen sueltos y se pegan a sus pálidas mejillas. Al entrar, Marilyn se siente

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